Los principales retos del nuevo gobierno de Estados Unidos: ¿Cómo volver a encabezar la mesa?

Ene 29, 2021

 

Por Abel González Santamaría

El año que recién comienza muestra un panorama altamente complejo para Estados Unidos, que mantiene un ritmo de deterioro progresivo en su sistema político, económico y social. Cada vez son más frecuentes las protestas para poner fin al racismo sistémico y a la brutalidad policial. El país experimenta una creciente desigualdad en ingresos y riqueza. Se calcula que aproximadamente 40 millones de estadounidenses viven en la pobreza y más de 27 millones carecen de seguro médico.

A ello se suma el impacto de la COVID-19 que ha provocado la infección de más de 24 millones de personas y de ellas más de 400 mil han fallecido, el mal manejo del gobierno para enfrentar la crisis interna y los continuos esfuerzos del presidente saliente Donald Trump, para anular los resultados de las elecciones al declarar que hubo fraude y no reconocer la victoria de su oponente Joe Biden. La posición de aferrarse al cargo afectó que se realizara una «transición ordenada» del poder y exacerbó los ánimos de sus seguidores hasta intentar un autogolpe de Estado.

El hecho de mayor tensión se produjo el 6 de enero de 2021, cuando una multitud de manifestantes asaltaron y saquearon la sede del Capitolio para tratar de obligar al Congreso a desestimar la derrota electoral de Trump, en el que murieron cinco personas. Por su responsabilidad ante los sucesos, la Cámara de Representantes acordó iniciarle un juicio político por «incitación a la insurrección», por lo que pasará a la historia como el único presidente sometido a dos juicios políticos o impeachment.

Al día siguiente el máximo órgano legislativo validó el triunfo electoral de Biden, por lo que el Partido Demócrata también dominará –aunque con mínima ventaja- la Cámara de representantes y el Senado. La vicepresidenta electa Kamala Harris romperá los empates 50-50 senadores de ambos partidos. Los demócratas controlarán los comités, la agenda legislativa y las nominaciones. Esa situación coloca a Biden en una mejor posición para poder implementar su agenda de gobierno.

El mundo estará expectante a partir de este 20 de enero para conocer el rumbo de la principal potencia económica y militar a nivel global. El equipo Biden-Harris, luego de conocer la victoria electoral, divulgó las proyecciones que en lo inmediato tendría el nuevo gobierno en materia de política interna y exterior, en el documento titulado «La Administración Biden. Prioridades políticas y agenda del primer día». En el texto definieron las siguientes:

Reafirmar el compromiso de Estados Unidos con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y otras valiosas alianzas diplomáticas y de seguridad.

Fortalecer los vínculos con otras naciones democráticas para contener a China y Rusia.

Restaurar el Directorado de Seguridad Sanitaria Global y Biodefensa del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca y establecer el puesto de Subsecretario de Estado para supervisar una nueva oficina de Diplomacia Global y Seguridad Sanitaria.

Buscar una extensión del Nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START), que expira en febrero 2021.

Reincorporarse a varias iniciativas diplomáticas, que incluyen a la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Acuerdo nuclear iraní (también conocido como Plan de Acción Integral Conjunto) si Irán vuelve a cumplir estrictamente con sus requisitos.

Poner fin a varias acciones políticas de Trump, como la prohibición de viajar a Estados Unidos por parte de personas de países de mayoría musulmana.

Condicionar la venta de armas y la asistencia extranjera a una mayor adherencia a estrictas reglas de enfrentamiento y obligaciones de derechos humanos en Yemen y otros conflictos activos.[1]

Varias de esas proyecciones las había expuesto Biden con anterioridad en un artículo que publicó en la influyente revista Foreign Affairs, titulado: «Por qué Estados Unidos debe liderar nuevamente. Rescatando la política exterior de Estados Unidos después de Trump». Según el presidente electo la credibilidad e influencia de Estados Unidos en el mundo han disminuido desde que el presidente Barack Obama y él, dejaron el cargo hace cuatro años.

Entre las razones que identifica Biden sobre esa realidad argumenta: Trump afectó el liderazgo estadounidense; menospreció, socavó y abandonó aliados y socios; envalentonó a los adversarios de Estados Unidos y derrochó su influencia para «enfrentar los desafíos de seguridad nacional desde Corea del Norte hasta Irán, desde Siria hasta Afganistán y Venezuela, sin prácticamente nada que mostrar». También expone que ha lanzado guerras comerciales desaconsejadas, tanto contra amigos como enemigos de Estados Unidos, que están perjudicando a la clase media estadounidense; y se ha alejado de los «valores democráticos» que han dado fuerza a la nación.

Enfatizó que la agenda que tendría el nuevo gobierno «colocará a los Estados Unidos nuevamente a la cabeza de la mesa, para trabajar con sus aliados y socios, para movilizar la acción colectiva sobre las amenazas globales». Además, estará enfocada en «equipar a los estadounidenses para tener éxito en la economía global, con una política exterior para la clase media». Entre los argumentos expuestos se encuentran:

Tomaré medidas inmediatas para renovar la democracia y las alianzas de Estados Unidos, proteger su futuro económico de Estados Unidos y, una vez más hacer que lidere el mundo.

Tenemos que demostrarle al mundo que Estados Unidos está preparado para liderar nuevamente, no solo con el ejemplo de nuestro poder sino también con el poder de nuestro ejemplo.

La seguridad económica es seguridad nacional. Nuestra política comercial debe comenzar en casa, fortaleciendo nuestro mayor activo, nuestra clase media.

Estados Unidos necesita ponerse duro con China e imponer costos reales a Rusia.

El liderazgo estadounidense no es infalible; hemos cometido errores y errores. Con demasiada frecuencia, nos hemos basado únicamente en el poderío de nuestros militares en lugar de aprovechar toda nuestra gama de fortalezas.

Estados Unidos tiene el ejército más fuerte del mundo, y como presidente, me aseguraré de que siga siendo así.

La OTAN está en el corazón mismo de la seguridad nacional de los Estados Unidos, y es el baluarte del ideal liberal democrático, una alianza de valores.

Elevaré la diplomacia como la principal herramienta de política exterior de los Estados Unidos.

Estoy orgulloso de lo que logró la diplomacia estadounidense durante la administración Obama-Biden, desde impulsar los esfuerzos mundiales para poner en vigencia el acuerdo climático de París, hasta liderar la respuesta internacional para poner fin al brote de ébola en África occidental y asegurar el histórico acuerdo multilateral que evita la obtención de armas nucleares por Irán.

Tenemos que hacer más para integrar a nuestros amigos en América Latina y África a la red más amplia de democracias y aprovechar las oportunidades de cooperación en esas regiones. [2]

Al analizar las medidas anunciadas se evidencia un intento de distanciarse del «enfoque desequilibrado e incoherente» de Trump, que le permita al nuevo gobierno recuperar la capacidad hegemónica de Estados Unidos, renovar su liderazgo en el escenario mundial e incrementar su disputa geopolítica con otras grandes potencias. De ahí la prioridad que le otorgan a contener a China y Rusia, reparar de manera inmediata las relaciones con la OTAN y reincorporarse a importantes mecanismos del sistema de las Naciones Unidas que les permita recuperar espacios de influencia. Estas son las premisas que identifica el actual gobierno para colocarse a la «cabeza de la mesa» durante las negociaciones en el ámbito multilateral.

Para enfrentar los retos globales, el nuevo gobierno tendrá que resolver los complejos desafíos internos declarados, entre ellos poder erradicar la pandemia del coronavirus y lograr la recuperación económica. Con este fin Biden anunció el «Plan de Rescate Estadounidense», con 1,9 billones de dólares, para combatir la Covid-19, acelerar la campaña de vacunación y ejecutar medidas contra la severa crisis económica. Serán medidas para tratar de controlar la situación, pero que en última instancia no resolverán la profunda crisis sistémica por la que transita la sociedad estadounidense.

En cuanto a sus proyecciones hacia las relaciones internacionales, el inquilino de la Casa Blanca tendrá que revertir con inmediatez varias de las acciones aislacionistas implementadas por su antecesor, ante el declive de la hegemonía de Estados Unidos en un mundo cada vez más multipolar. Un primer paso en ese camino es formar un equipo de política exterior y seguridad nacional que contribuya a sus pretensiones de «reclamar el asiento de Estados Unidos a la cabeza de la mesa».

En su conformación Biden seleccionó a figuras experimentadas que ocuparon importantes responsabilidades durante la Administración Obama. Todo apunta al rescate de la concepción estratégica del denominado «poder inteligente», que combina el «poder duro», con el empleo de la fuerza, con los instrumentos del «poder blando», que privilegia la diplomacia.

Se debe tener en cuenta que Biden, con 78 años de edad, posee amplia experiencia en la vida política de Estados Unidos. Fue uno de los senadores más jóvenes, pues fue electo cuando tenía 29 años, condición que mantuvo hasta que asumió como vicepresidente de la nación durante la administración de Barack Obama (2009-2017). Llegó a presidir el Comité de Relaciones Exteriores del Senado y como vicepresidente fue muy activo en los temas de política exterior, entre ellos los 16 viajes que realizó a sus «vecinos» en la región.

Hace dos años publicó un ensayo para la revista Americas Quarterly que anticipa los principios que guiarán su política exterior para el continente americano. En el texto afirma que durante sus ocho años como vicepresidente, uno de los desafíos más gratificantes de su gestión en la Casa Blanca fue liderar el «compromiso» estadounidense con sus aliados a través del hemisferio occidental. Reconoció que la confianza entre Estados Unidos y sus vecinos «se encontraba en niveles muy bajos, debido a los desacuerdos sobre la guerra en Irak, el impacto de la crisis económica de 2008, el creciente desacuerdo con respecto a la política de los Estados Unidos hacia Cuba y una percepción general en la región de que habíamos perdido interés». Sobre los resultados obtenidos apuntó:

«Cuando el presidente Obama y yo terminamos nuestro período en la Casa Blanca, habíamos establecido una nueva base de cooperación en nuestra región centrada en la responsabilidad compartida, el respeto mutuo y trabajar como socios. Incluía una mayor y más profunda relación con México, una agenda global de cooperación con Brasil, la revitalización de nuestro compromiso con Centroamérica, la reconstrucción de Haití después del terremoto, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba, el apoyo al histórico proceso de paz en Colombia, una mejora a la seguridad energética en el Caribe, la expansión del comercio y el establecimiento de relaciones de colaboración con países en toda la región». [3]

La realidad es que muchos de esos avances, aunque tuvieron también retrocesos como calificar a Venezuela como una «amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos», se vieron afectados considerablemente con el gobierno de Trump. En esta ocasión encontrará un escenario bien diferente, caracterizado por una aguda crisis estructural del sistema capitalista y su modelo socioeconómico neoliberal, muy cuestionado en la actualidad por su ineficiencia para enfrentar la pandemia. También va a encontrar algunas situaciones similares a cuando asumió la vicepresidencia hace doce años, por ejemplo: existe una grave crisis económica y «un creciente desacuerdo con respecto a la política de los Estados Unidos hacia Cuba».

Durante su discurso de toma de posesión el 20 de enero de 2021, Biden reconoció los desafíos que tendrá la nación, entre los que mencionó la grave crisis sanitaria y económica y el ambiente de polarización política que vive el país, por lo que instó a «poner fin a esta guerra civil que enfrenta al rojo con el azul, a lo rural con lo urbano, a los conservadores con los liberales». Hacia el orbe trató de enviar un mensaje de tranquilidad al señalar que: «Estados Unidos ha sido puesto a prueba y ha salido de ello reforzado. Repararemos nuestras alianzas, y nos relacionaremos con el mundo otra vez». Además, reafirmó la posición de superpotencia al señalar que: «no solo predicaremos con el ejemplo de nuestro poder, sino con el poder de nuestro ejemplo. Seremos un socio fuerte y fiable para la paz, el progreso y la seguridad». [4]

Esta vez, investido como presidente, Joe Biden se verá nuevamente frente al reto de reconstruir la economía de la nación y recomponer los vínculos con el mundo en un escenario poscovid. Hacia Nuestra América tendrá la oportunidad de comportarse como «buenos vecinos» para enfrentar los desafíos comunes y retomar el complejo proceso hacia la normalización de las relaciones con nuestra isla, la Mayor de las Antillas.

Fuentes:

[1] Véase «Biden Administration. Day One Agenda and Policy Priorities.November 2020».

[2] Véase Joseph R. Biden: «Why America Must Lead Again. Rescuing U.S. Foreign Policy After Trump, March/April 2020», in:https://www.foreignaffairs.com/articles/united-states/2020-01-23/why-ame....

[3] Véase Joseph R. Biden: «The Western Hemisphere Needs U.S. Leadership», December 14, 2018, en:https://www.americasquarterly.org/article/joe-biden-the-western-hemisphe...

[4] Véase Joseph R. Biden: «Discurso íntegro en su toma de posesión como presidente de Estados Unidos», en:https://elpais.com/internacional/elecciones-usa/2021-01-20/discurso-inte...

Tomado de Cubadebate